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divendres, 21 d’agost de 2009

Náufrago(s)

Vas corriendo por una alcantarilla. Allí te encuentras con la fuente de tu inspiración. Resbalas y caes corriente abajo hasta llegar a una salida que no lleva a ninguna parte. La fuerza del agua no te deja ver, te arrastra bajo el agua. Tu paso se ralentiza casi de repente y puedes abrir los ojos. Ya estás bajo el mar, ante la costa y los vertidos del alcantarillado de una ciudad desconocida. Montones de objetos se dispersan en el agua. Carátulas de discos rotas, jeringuillas, papeles de periódico, manchas negruzcas, condones, pósters de viejas glorias del pop y hasta un cuadro hecho trizas comprado en alguna tienda de decoración para el hogar.

Sigues nadando y dejando atrás toda esa mierda, buscando agua limpia, sin pensar antes que lo más urgente es poder salir a la superficie para respirar. Cuando notas que a tus pulmones les empieza a faltar el aire sales a flote. El aire es denso y turbio. Está nublado y hay una masa de niebla gris que sólo te permite ver la silueta de unos edificios altos, algo apartados, allá en la costa. Sin saber por qué, nadas hacia el horizonte marino, como buscando aire limpio. Te acompaña el recuerdo de la música que sueles escuchar. Nadar es repetitivo, como esa música. Es cada vez más difícil luchar contra la fuerza de las olas. Hasta que encuentras una playa en un islote. La niebla allí es menos espesa y hay tres o cuatro palmeras, no muy altas. Te arrastras por la orilla hasta tumbarte boca arriba.

Posiblemente te hayas quedado dormido. Y te despiertas desnudo iluminado por la luz del sol de la mañana. El oleaje roza tus pies. Te levantas y ves que no hay nada visible a más de doscientos metros de la isla. Hay más rocas que plantas, y una pequeña cueva. Entras y bajas a lo que parece una especie de sótano natural de la isla. Por algunas partes el techo está resquebrajado y se cuelan rayos de sol que dejan ver varios charcos de agua del mar en el suelo. Es un lugar muy fresco, como el locus amoenus de un náufrago. Aunque no tardas mucho en darte cuenta que ese lugar puede hacerle la vida imposible a cualquiera. Lo único comestible que hay en la isla son un número muy limitado de hojas de palmera, algunos matojos y cuatro cangrejos que habitan en la cueva. A pesar de ello te alegras de tu nuevo hogar.

Cuando has perdido la cuenta de los días que han pasado, deseas tener una piedra y una pared plana donde escribir una pequeña bitácora. Ahora que ya no puedes contar los días que pasan, tienes la necesidad de hacerlo. El paso del tiempo te pesa y la comida escasea. Fuera hace un sol que sólo puedes soportar si te pasas la mitad del día metido en el agua. Ahora crees que sería una buena idea nadar a través de la niebla y volver al lugar de donde has venido. No recuerdas muy bien el camino. Te rebanas los sesos intentando visualizar una ruta de vuelta a casa, pero no consigues ver nada claro. Cansado de pensar, cansado del calor, la comida y el aburrimiento, te lanzas al agua, en el acto más impulsivo de tu vida, dispuesto a nadar en línea recta hacia ninguna-parte con la esperanza de llegar a tu antiguo hogar.

Luchas con la niebla, luchas con el mar, las olas y el aire denso. Tus esfuerzos mentales se concentran cada vez más en respirar. Tu conciencia se resiente y debido a la niebla grisácea no te das cuenta de que tu vista empieza a nublarse. Y flotas inconsciente en el agua, en medio de la nada. Alguien te rescata. Unos hombres y mujeres extraños en un bote hinchable de colores sicodélicos. Llevan gorras, gafas de sol, chancletas, incluso jurarías que el que te ha hecho el boca a boca lleva casco, porra y una camisa hawaiana. «De dónde sale éste», «por qué va desnudo», «es curioso que aún esté vivo», «no debe de haber recibido una buena educación», «¿hacemos algo?»... Todos hacen los comentarios que consideran más pertinentes, excepto una mujer. Una mujer rechoncha, con gafas de pasta, corbata y una mini-falda azul aeropuerto. Su mirada impecable hace como que te despierta de un sueño y sientes miedo e ilusión a la vez. Posiblemente sea este bote hortera lleno de friquis el que te lleve de vuelta a casa.

La niebla empieza a disiparse y se distingue algo no muy lejos de donde estás. Es la isla nuevamente, donde naufragaste. «¡Soltad el ancla!». Y todos se desnudan voluntariamente mientras desembarcan en la pequeña playa. Se organizan para cazar cangrejos y se instalan en la cueva. «Hogar dulce hogar». Pero tú sigues sin querer quedarte ahí, quieres volver a aquél lugar olvidado del que ya huiste una vez. Cuando estás en la cueva los demás no dejan de hacerte sus comentarios pertinentes. «Te estás quedando en los huesos; deberías comer más cangrejo», «¿por qué sigues desnudo?», «adivina por qué no hay niebla en esta isla»... Así que poco a poco te vas distanciando del grupo y acabas viviendo bajo el sol, en la orilla de la playa, con la esperanza de volver a salir nadando algún día de allí.