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dissabte, 13 de febrer de 2010

Public spirit reality show

Dos hombres de aspecto elegante observan, ante un monitor, el transcurso normal de las vidas de un conjunto de personas. La sala donde se encuentran está iluminada por la luz de la pantalla y por una pequeña lámpara. Ellos están muy atentos, con los capilares al rojo. Y su ropa es formal, casi técnica, adecuada a su posición. Llevan un traje pasado de moda: americana gris oscuro, corbata con piolines y silvestres, camisa de rayas, etc. Y unas gafas de pasta como las que se llevaban en los años 70, o más tarde, en los años 10.

Se ríen de vez en cuando. “¿Has visto a ésos? Parece que se quieren mucho”. “Sí”, dice el otro, y toma un pequeño sorbo de cappuccino. “No parece que tengan intención de despegarse”. Ja, ja, ja. Indudablemente estos hombres están muy interesados en lo que ven: personas que pasean, personas que charlan, que compran, que se aman o que se sacan un moco de la nariz cuando creen que nadie les observa. Pero los piolines no apartan sus miradas sedientas de acontecimientos ajenos. En esta época las vidas de muchos se han convertido secretamente, y en parte, en un reality show (“¿cómo era? The Truman show, o algo así”).

Los hombres elegantes siguen fijándose en todo, habiendo olvidado, si es que alguna vez lo supieron, la razón por la que sienten tanto interés en esas imágenes de la realidad. “¿Tú recuerdas por qué estamos aquí?”. “Bueno, nos pagan para esto”. “¿Nos pagan?”. Ellos no lo recordaban, pero tiempo ha, muchos ayuntamientos de ciudades importantes tuvieron que tomar una dura decisión. Sin que nadie supiera por qué, la vieja delincuencia callejera fue desapareciendo, cosa que la gran mayoría consideraba públicamente como algo positivo. Sin embargo, esto dio lugar a una nueva y amenazadora oleada de incivismo. El caos fue corrompiendo poco a poco la corrección y la normalidad de las vidas de muchos. La gente empezó a tener ganas de mear en la calle, muchos apagaban colillas sobre el limpio asfalto, otros paseaban apaciblemente por los carriles para bicicletas, cruzaban los semáforos en rojo, olvidaban dejar paso libre en la parte izquierda de las escaleras mecánicas… todo un desastre. Ante esta creciente insurrección silenciosa, la administración pública, muy a su pesar, no tuvo más remedio que empezar a colocar cámaras de vídeo vigilancia. Primero en las calles principales, y así poco a poco hasta que no quedó ni un sólo rincón del espacio público sin ser filmado.

Por otro lado, hay que decir que estas medidas aportaron algo enormemente positivo a la sociedad. Hoy en día ya hay algunos ayuntamientos, como el de Barcelona, que dan subvenciones a jóvenes artistas con el fin de que utilicen parte de las imágenes grabadas para hacer documentales creativos de vanguardia, en algunos casos, muy críticos con la sociedad y el sistema económico del momento. Sin embargo, los hombres de las americanas grises, cuya importancia y poder eran desconocidos incluso para ellos mismos, no eran conscientes más que de su propio interés en observar las imágenes de los monitores de seguridad. “Bueno, nos paguen o no, nosotros tenemos nuestra vida solucionada”. “Por supuesto. Y además hacemos lo que más nos gusta”. Y siguieron allí, impasibles ante el paso del tiempo, observando una realidad en blanco y negro. Pero eso sí, una realidad muy cívica.